Redes sociales, adolescencia y decisiones que no pueden esperar
- Marilyn González Reyes

- hace 1 día
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Actualizado: hace 9 horas
Mientras Jonathan Haidt y Candice Odgers, dos de los investigadores más citados sobre el tema, sostienen tesis opuestas sobre el efecto de las redes sociales en la salud mental adolescente, las familias, las escuelas y los gobiernos toman decisiones cada día. Un análisis del debate abierto y una propuesta para actuar sin esperar al consenso científico.

¿Están las redes sociales causando la crisis de salud mental adolescente que se documenta desde 2012, o son solo uno de varios factores que operan simultáneamente? Esta pregunta, aparentemente simple, enfrenta hoy a dos escuelas científicas serias, ambas con credenciales sólidas y publicaciones revisadas por pares, que miran los mismos datos y llegan a conclusiones distintas. La discusión no es un asunto académico lejano. Condiciona qué políticas públicas se implementan, qué se les dice a las familias, cómo se educan a los adolescentes, qué se regula y qué se deja en manos del mercado. Y mientras esa discusión sigue abierta, los adolescentes latinoamericanos pasan en promedio tres horas y treinta y dos minutos diarios en redes sociales, más que sus pares europeos y norteamericanos (Global Web Index, 2024, citado en SEGIB & OIJ, 2026).
Este artículo tiene tres propósitos. Primero, presentar con precisión los argumentos de ambos lados del debate científico, sin caricaturizar a ninguno. Segundo, mostrar qué datos empíricos existen sobre América Latina, una región habitualmente ausente de las publicaciones anglófonas. Tercero, argumentar que la incertidumbre científica no es una razón para posponer decisiones, y que la bioética contemporánea ofrece un marco racional para actuar bajo esa incertidumbre.
Lo que ambos lados sí reconocen
Antes de contar el desacuerdo, conviene identificar el acuerdo, porque este suele perderse en la polémica pública.
Los dos principales grupos de investigadores en disputa coinciden en tres puntos sustantivos. Primero, existe una crisis real de salud mental adolescente. Los indicadores de ansiedad, depresión, autolesiones y suicidios en adolescentes han aumentado en varios países desde comienzos de la década de 2010. Nadie serio discute que la crisis existe. Lo que se discute es su causa principal. Segundo, las plataformas están diseñadas de manera manipulativa, con mecanismos deliberados para maximizar el tiempo de conexión: scroll infinito, notificaciones impredecibles, algoritmos que aprenden de la reactividad emocional del usuario. Ni Haidt ni Odgers defienden ese diseño. Ambos sostienen que es problemático. Tercero, hay que regular. Los dos lados apoyan intervenciones sobre el diseño de las aplicaciones dirigidas a menores, aunque discrepan en cuál sería la más eficaz.
Lo que discuten Haidt y Odgers, entonces, no es si las redes son "buenas o malas". Discuten dos preguntas técnicas específicas: cuál es la magnitud del efecto de las redes sobre la salud mental adolescente, y en qué dirección opera la causalidad. La distinción es importante, porque de ella depende qué políticas se justifican empíricamente y cuáles se justifican solo por consideraciones éticas.
La tesis de la gran reconfiguración
Jonathan Haidt, profesor de psicología social en la Universidad de Nueva York, publicó en marzo de 2024 el libro The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness (Haidt, 2024). El texto se convirtió en bestseller número uno del New York Times, con más de dos millones de copias vendidas en su primer año, y ha sido citado como fundamento en decisiones legislativas en Estados Unidos, Reino Unido y Australia.
La tesis central del libro sostiene que entre 2010 y 2015 ocurrió lo que Haidt denomina "la gran reconfiguración" de la infancia. En ese periodo los smartphones alcanzaron penetración masiva y las redes sociales pasaron de ser una novedad a ser el entorno cotidiano de los adolescentes. Simultáneamente, en varios países comenzaron a subir los indicadores de deterioro en salud mental adolescente, con particular intensidad en chicas. Haidt argumenta que esta coincidencia temporal no es casual, y que las redes sociales operan sobre cuatro daños fundamentales: privación social por sustitución de la interacción presencial, privación de sueño por uso nocturno, fragmentación de la atención por interrupciones constantes, y adicción por diseño manipulativo.
Las recomendaciones que derivan de su análisis son cuatro: no smartphones antes de la secundaria, aproximadamente a los catorce años; no redes sociales antes de los dieciséis; escuelas sin teléfonos durante toda la jornada; y mayor juego libre no supervisado en la infancia como forma de reconstruir capacidades erosionadas por el tiempo de pantalla.
La influencia política del libro ha sido considerable. Se lo cita como fundamento intelectual de la ley australiana de 2024 que prohíbe el acceso a redes sociales a menores de dieciséis años, y ha inspirado políticas escolares en varios estados de Estados Unidos y en distritos como Los Ángeles y Nueva York.
La objeción metodológica
Candice Odgers, profesora de psicología en la Universidad de California en Irvine, publicó en marzo de 2024 una reseña crítica del libro de Haidt en la revista Nature, una de las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo. Su tesis es directa: "la sugerencia repetida de que las tecnologías digitales están reconfigurando el cerebro de nuestros hijos y causando una epidemia de enfermedad mental no está respaldada por la ciencia" (Odgers, 2024, p. 594). Añade que las recomendaciones de Haidt, "aunque bien intencionadas, pueden distraer de intervenciones basadas en evidencia que sí ayudarían a los jóvenes" (Odgers, 2024).
El estudio empírico más citado de este lado del debate fue publicado en 2019 por Amy Orben, actualmente en la Universidad de Cambridge, y Andrew Przybylski, del Oxford Internet Institute, en la revista Nature Human Behaviour. Los autores analizaron datos de más de trescientos cincuenta mil adolescentes de Reino Unido y Estados Unidos, provenientes de tres cohortes representativas nacionales. Su conclusión, expresada con precisión metodológica, fue que "la asociación entre el uso de tecnología digital y el bienestar adolescente es negativa pero pequeña, explicando como máximo el 0,4% de la variación en el bienestar" (Orben & Przybylski, 2019, p. 173). Para poner ese número en perspectiva, los autores señalaron que ese efecto es comparable en magnitud al de comer papas regularmente o usar gafas.
Los argumentos de este lado del debate se pueden organizar en cuatro puntos. Primero, los tamaños de efecto documentados son pequeños, lo cual sugiere que si las redes son un factor, no son el factor principal. Segundo, la correlación observada no permite establecer dirección causal: los adolescentes con problemas de salud mental pueden estar usando más redes como estrategia de afrontamiento, y no necesariamente al revés. Tercero, existen factores confusores serios que coinciden temporalmente con el deterioro de salud mental adolescente, entre ellos la crisis económica de 2008, el aumento de la desigualdad, cambios en las prácticas de diagnóstico, y una mayor conciencia social sobre salud mental que aumenta el reporte. Cuarto, el patrón no es uniforme entre países: si las redes fueran una causa universal, cabría esperar el mismo efecto en todos los lugares con alta penetración de smartphones, y esa uniformidad no se observa en los datos.
Odgers ha continuado desarrollando su posición. En diciembre de 2024 publicó un artículo en el medio australiano Crikey donde afirmó que la posición de Haidt "va en contra del consenso científico alcanzado hasta la fecha por el campo" (Odgers, 2024b). En 2026 profundizó su crítica en un artículo publicado en Frontiers in Developmental Psychology titulado, con evidente ironía, "We don't know how social media bans will affect youth but we're doing it anyway!" (Odgers, 2026).
Los datos que sí tenemos sobre América Latina
Buena parte del debate Haidt-Odgers se ha desarrollado con datos de Estados Unidos, Reino Unido y algunos países europeos. La pregunta legítima que se hace un lector latinoamericano es cuánto de todo esto aplica a la realidad regional. La respuesta es que sí existen datos regionales relevantes, aunque menos abundantes que los anglófonos.
El primer estudio regional integral sobre digitalización y salud mental juvenil en los veintidós países de Iberoamérica fue publicado en 2026 por la Secretaría General Iberoamericana (SEGIB) y la Organización Iberoamericana de Juventud (OIJ). Sus datos son preocupantes. Existen aproximadamente dieciséis millones de adolescentes en América Latina, uno de cada siete presenta algún trastorno mental, y el suicidio es la tercera causa de muerte en adolescentes de quince a diecinueve años (SEGIB & OIJ, 2026). Los indicadores de ansiedad subieron del 5,5% al 7,3% entre 2000 y 2021, y los de depresión del 3,5% al 4,4% en el mismo periodo. El 44% de la juventud regional declara sentir tristeza, angustia o desesperanza, y más del 60% experimenta lo que el estudio denomina "ansiedad digital".
El uso de redes sociales en la región es de los más altos del mundo. Los adolescentes latinoamericanos pasan un promedio de tres horas y treinta y dos minutos diarios en redes, por encima de los promedios de Norteamérica y Europa (Global Web Index, 2024, citado en SEGIB & OIJ, 2026). El advisory del Cirujano General de Estados Unidos, ampliamente citado por el estudio iberoamericano, señala que más de tres horas diarias en redes duplica el riesgo de síntomas de ansiedad y depresión (Murthy, 2023). Esto sitúa a la población adolescente latinoamericana en un umbral de exposición particularmente alto.
Existe también una revisión sistemática específica sobre adicción a las redes sociales en adolescentes latinoamericanos entre 2020 y 2022, publicada por Caro (2023) en la revista Propósitos y Representaciones, que documenta la creciente preocupación clínica en la región. Los patrones descritos en la literatura anglófona —mayor uso asociado con más ansiedad, depresión y baja autoestima, con particular vulnerabilidad en chicas— se replican en las cohortes latinoamericanas estudiadas.
En materia regulatoria, la región empieza a moverse. Colombia aprobó en 2025 la Ley 2489, que busca promover entornos digitales sanos y seguros para niñas, niños y adolescentes. México actualizó ese mismo año su Ley Federal de Protección de Datos Personales con énfasis en menores. Y en Brasil, un estudio de la consultora Market Analysis en 2025 mostró que el 72% de los adultos brasileños apoya una legislación similar a la australiana, que restringe el acceso a redes sociales para menores de dieciséis años (citado en Sinembargo, 2026). Ese apoyo ciudadano indica que, más allá del debate académico, en la región crece un consenso social sobre la necesidad de intervenir.
Por qué la ciencia no puede cerrar el debate
Vale la pena entender por qué esta discusión sigue abierta, porque las razones son metodológicas antes que ideológicas. Reconocerlas ayuda a leer con honestidad el estado del conocimiento y a evitar simplificaciones en ambos sentidos.
Primero, no se pueden hacer experimentos aleatorios controlados sobre esta pregunta. Asignar a un grupo de adolescentes a usar redes sociales durante años y a otro grupo a no usarlas sería éticamente imposible. Los estudios más rigurosos disponibles son longitudinales y observacionales, y todos comparten limitaciones inherentes para establecer causalidad.
Segundo, las plataformas no dan acceso a sus datos internos a investigadores independientes. Los estudios se realizan con datos autorreportados por adolescentes, que son notoriamente imprecisos para medir el uso real. Fassi (2025) argumentó en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences que se necesitan estándares de transparencia para la investigación en redes sociales que involucre a las compañías, y que su ausencia constituye un obstáculo estructural al progreso científico.
Tercero, los efectos pueden ser heterogéneos. Algunos adolescentes se benefician de las redes y otros se dañan, y cuando se promedian esos efectos opuestos en una muestra grande, el resultado tiende a diluirse hacia cero. Un tamaño de efecto promedio pequeño puede ocultar efectos importantes en subpoblaciones específicas, por ejemplo en chicas con vulnerabilidad previa a depresión o en adolescentes con historia familiar de trastornos mentales.
Cuarto, la relación puede ser bidireccional. La ansiedad y la depresión pueden llevar a mayor uso de redes como afrontamiento, y las redes pueden a su vez agravar la ansiedad y la depresión. Separar analíticamente las dos direcciones requiere estudios sofisticados que aún están en desarrollo.
El propio Haidt reconoció esta situación en una entrevista con el periodista Michael Hobbes en 2024: "Es verdad que estoy promoviendo un programa de cambio social... y lo estoy haciendo antes de que la comunidad científica haya alcanzado pleno acuerdo" (citado en Hobbes, 2024). Esa declaración, hecha por el principal defensor de la posición precautoria, sintetiza el corazón del problema: la evidencia científica sobre daño no está completa, y la pregunta de qué hacer mientras tanto es antes ética que empírica.
Decidir bajo incertidumbre
Aquí es donde el debate cambia de naturaleza. Mientras la discusión sobre magnitudes y causalidades continúa en revistas especializadas, las decisiones sobre teléfonos, cuentas, tiempos de uso y regulaciones se toman o se posponen cada día. Y esas decisiones no pueden esperar al consenso científico, del mismo modo que no lo esperan las decisiones sobre otros riesgos donde la evidencia es incompleta pero significativa.
La bioética contemporánea ha desarrollado un marco preciso para este tipo de situaciones. Simpson y colegas publicaron en julio de 2026, en la revista Voices in Bioethics de la Universidad de Columbia, un artículo donde aplican los cuatro principios clásicos de la ética biomédica al uso adolescente de redes sociales. Su argumento central es que, aunque no exista certeza científica sobre la magnitud del daño a nivel poblacional, sí existe evidencia neurocientífica sólida de que el cerebro adolescente es especialmente vulnerable a los mecanismos específicos de estas plataformas. Y cuando un daño es predecible y evitable, la no maleficencia adquiere prioridad sobre la autonomía (Simpson et al., 2026). Ver podcast Por qué la mirada de los otros pesa tanto en el cerebro adolescente
Este razonamiento se conoce como principio precautorio y tiene una larga tradición filosófica. Se aplica en decisiones sobre medicamentos, alimentos, exposición ambiental, cambio climático y muchas otras áreas donde la certeza científica llega después de que las decisiones deben tomarse. Su formulación clásica sostiene que, cuando el daño posible es grave o irreversible, y la evidencia disponible es sugestiva aunque incompleta, la ausencia de certeza no constituye una razón suficiente para posponer la acción protectora.
Aplicado al debate Haidt-Odgers, el principio precautorio ofrece una salida racional que no requiere tomar partido en la discusión empírica. Permite reconocer que ambos lados tienen argumentos serios, que los tamaños de efecto documentados son pequeños en promedio pero no despreciables, que hay subpoblaciones más vulnerables que otras, y que las plataformas están diseñadas de manera que explotan mecanismos cerebrales conocidos y documentados. Con toda esa incertidumbre sobre la mesa, la respuesta ética responsable no es esperar. Es actuar con cautela mientras la ciencia sigue investigando.
Esa cautela no equivale a prohibición ni a alarmismo. Equivale a reconocer que la carga de la prueba no puede recaer exclusivamente sobre quienes advierten del daño, especialmente cuando quienes se beneficiarían de la inacción son actores comerciales con incentivos económicos claros y con capacidad de investigar internamente lo que las universidades no pueden. En otros ámbitos de la salud pública —tabaco, plomo, pesticidas, amianto— la historia muestra que esperar al consenso científico definitivo, cuando los daños son plausibles y las poblaciones afectadas son vulnerables, ha significado costos humanos considerables que retrospectivamente se han considerado evitables.
Una decisión antes que una respuesta
La incertidumbre científica sobre las redes sociales y la salud mental adolescente probablemente no se resolverá en los próximos años. Los estudios que podrían cerrar el debate empírico requieren acceso a datos que las plataformas no comparten, y diseños experimentales que serían éticamente imposibles. Mientras tanto, la generación que está creciendo bajo estas condiciones sigue creciendo. Cada día que se posterga la decisión es un día en que la decisión, por omisión, ya está tomada.
Lo que la bioética contemporánea ofrece, entonces, no es una respuesta sobre si las redes causan o no causan la crisis adolescente. Ofrece un marco para decidir sin esa respuesta. Un marco que reconoce la incertidumbre, que respeta la ciencia en curso, y que al mismo tiempo asume la responsabilidad ética de proteger a quienes no pueden protegerse solos.
Esa responsabilidad no la resuelve el consenso científico, cuando llegue. La resuelve, o no la resuelve, lo que cada familia, cada escuela, cada Estado y cada plataforma decida hacer con la información que hoy sí tenemos. Y esa información, aunque incompleta, ya es suficiente para no seguir esperando.
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Referencias
Caro, J. D. C. (2023). Revisión sistemática sobre la adicción a las redes sociales en adolescentes latinoamericanos entre el 2020-2022. Propósitos y Representaciones, 11(2), e1759. https://doi.org/10.20511/pyr2023.v11n2.1759
Fassi, L. (2025). We need transparency standards for social media research that involves companies. Proceedings of the National Academy of Sciences, 122(50), e2501819122. https://doi.org/10.1073/pnas.2501819122
Haidt, J. (2024). The anxious generation: How the great rewiring of childhood is causing an epidemic of mental illness. Penguin Press.
Hobbes, M. (2024, 3 de julio). The muddled science on teens and social media. Science Forever. https://www.science-forever.com/p/more-on-the-muddled-science-on-teens
Murthy, V. H. (2023). Social media and youth mental health: The U.S. Surgeon General's advisory. Office of the U.S. Surgeon General. https://www.hhs.gov/surgeongeneral/priorities/youth-mental-health/social-media/index.html
Odgers, C. L. (2024). The great rewiring: Is social media really behind an epidemic of teenage mental illness? Nature, 628, 594-596. https://doi.org/10.1038/d41586-024-00902-2
Odgers, C. L. (2024b, 12 de diciembre). Anxious Generation's Jonathan Haidt privately told politician that researchers hid teen social media harm effects. Crikey.
Odgers, C. L. (2026). We don't know how social media bans will affect youth but we're doing it anyway! Frontiers in Developmental Psychology, 4. https://doi.org/10.3389/fdpys.2026.1805989
Orben, A., & Przybylski, A. K. (2019). The association between adolescent well-being and digital technology use. Nature Human Behaviour, 3, 173-182. https://doi.org/10.1038/s41562-018-0506-1
Secretaría General Iberoamericana & Organización Iberoamericana de Juventud. (2026). Estudio sobre el impacto de la digitalización en la salud mental de los jóvenes iberoamericanos. SEGIB. https://segib.org
Simpson, V. L., Loeff Goldsztein, I., Swartz, H., Guberman, A., Guenniche, L., Owens, K., & Esquenazi-Karonika, S. (2026). Virtual boundaries: Ethical approaches to mitigating risks in adolescent screen time use. Voices in Bioethics, 12. https://doi.org/10.52214/vib.v12i.14743




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