No es cuánto tiempo, es para qué
- Marilyn González Reyes
- hace 16 horas
- 7 min de lectura
Durante años medimos las horas de pantalla. La ciencia empieza a decir que estábamos mirando la variable equivocada.

Redes sociales y adolescentes: No es el tiempo, es el uso
Imagina a dos adolescentes. Los dos tienen quince años. Los dos pasan, cada día, unas tres horas en el teléfono. Si solo miráramos el reloj, diríamos que están en la misma situación, expuestos al mismo riesgo.
Pero mira más de cerca. El primero pasa esas tres horas saltando entre videos cortos: un baile, un meme, medio chiste, otro video, y otro, y otro, cada uno de quince segundos, sin detenerse en ninguno. El segundo pasa esas mismas tres horas escribiéndose con dos amigos sobre algo que le preocupa, mandando notas de voz largas, sosteniendo una conversación.
¿Les está pasando lo mismo por dentro?
Durante mucho tiempo, la conversación pública sobre pantallas y niños giró casi por completo alrededor de una sola pregunta: ¿cuántas horas? Contábamos el tiempo. Poníamos límites de tiempo. Nos preocupábamos por el tiempo. Y esa pregunta no era absurda —el tiempo importa—, pero la ciencia más reciente está empezando a sugerir algo incómodo y liberador a la vez: puede que el reloj no sea lo más importante. Puede que lo que de verdad marque la diferencia no sea cuánto tiempo, sino para qué se usan las redes.
Este texto recorre esa idea. Y lo hace apoyándose en investigaciones recientes, varias de ellas hechas en España y en Latinoamérica, que le hablan de cerca a quien vive esto todos los días: madres, padres, docentes.
Lo que sabemos con bastante certeza
Empecemos por lo firme, por aquello en lo que la evidencia coincide.
No todas las pantallas hacen lo mismo. Una revisión sistemática publicada en 2025 por un equipo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada revisó cientos de artículos científicos y se quedó con los cuatro que cumplían los criterios más estrictos de calidad para responder a una pregunta concreta: qué le hace el uso diario de redes sociales a las capacidades cognitivas de adolescentes y preadolescentes (Alaskar-Moukayed et al., 2025).
Los cuatro estudios venían de países distintos —Países Bajos, Estados Unidos y Canadá— y apuntaban en una misma dirección. El uso de redes sociales durante etapas tempranas del desarrollo cerebral se asocia con dificultades en funciones tan importantes como la atención, la memoria de trabajo y el control de los impulsos. Uno de esos estudios, del Instituto Karolinska de Suecia, encontró incluso alteraciones en la estructura del cerebelo, una región muy implicada en procesos cognitivos, asociadas al tiempo de uso de redes.
Es importante aclarar una cosa desde el principio: la mayoría de estos estudios muestran asociaciones, no causas probadas. Es decir, muestran que las redes y las dificultades de atención tienden a aparecer juntas, pero no demuestran con total certeza que unas causen las otras. Los propios autores de la revisión lo señalan, y advierten que la investigación en este campo, pese a su enorme relevancia social, todavía es limitada. Es una señal seria, no una sentencia definitiva. Vale la pena tenerlo presente durante todo el texto.
Del cerebro a las notas del colegio
Para un padre o un docente, hablar de "volumen del cerebelo" puede sonar lejano. Hay una investigación que baja esto a algo mucho más cotidiano: las calificaciones.
Un equipo de la Universidad de Girona estudió a 977 adolescentes españoles, de entre once y dieciocho años, de seis colegios (Martín-Perpiñá et al., 2019). Les preguntaron con qué frecuencia hacían varias cosas a la vez con distintos medios digitales mientras estudiaban o hacían las tareas —lo que en investigación se llama multitarea con medios—, evaluaron sus funciones ejecutivas y miraron sus notas de matemáticas y de lengua.
Los resultados fueron claros. Los adolescentes que más multitarea hacían mientras estudiaban reportaban más problemas de función ejecutiva en su vida diaria: más dificultades para planificar, para inhibir impulsos, para sostener la atención. En un grupo más pequeño, evaluado con pruebas objetivas y no solo con cuestionarios, aparecían además peores resultados en memoria de trabajo y en velocidad de procesamiento. Y —el dato que más le importa a cualquier familia— sacaban peores notas en matemáticas y en lengua.
Hay un detalle de este estudio que conecta con algo que ya sabíamos sobre el cerebro adolescente: el efecto era más marcado a los doce años que a los dieciséis. Es decir, la multitarea parecía golpear con más fuerza al cerebro más joven, aquel cuya capacidad de autorregulación todavía se está construyendo. Cuanto más temprano, más vulnerable.
Importante, este estudio es transversal: es una fotografía tomada en un momento, no una película a lo largo de los años. Por eso no puede decirnos si la multitarea empeora las funciones ejecutivas, o si los adolescentes que ya tienen más dificultades para concentrarse son los que tienden a multitarear más. Probablemente, como sugieren otros trabajos, las dos cosas se alimentan mutuamente.
El giro: no es el reloj, es el motivo
Un estudio publicado en 2026 por Valverde Rodríguez, Peña De la O y Sebiani Moreira, de la Universidad de Iberoamérica en Costa Rica, se preguntó algo que casi nadie había separado con claridad: ¿qué pesa más sobre la atención, el tiempo que pasamos en redes, o el motivo por el que las usamos? El estudio trabajó con personas adultas jóvenes, de 18 a 35 años, y aunque no se centró en adolescentes, su hallazgo ilumina algo que probablemente empieza mucho antes (Valverde Rodríguez et al., 2026).
El hallazgo fue contundente y contraintuitivo. El tiempo total de uso de redes, por sí solo, no predijo de forma significativa las dificultades de atención. Lo que sí las predijo fue el tipo de uso.
Concretamente, el uso de redes para entretenimiento —ese consumo de video corto, de scroll rápido, de contenido que se pasa sin detenerse: los Reels, los memes, el flujo interminable— resultó ser el predictor más fuerte del deterioro de la atención. El uso para socializar también se asociaba con más dificultades, aunque de forma más leve. Y algo inesperado: el uso por motivos afectivos —conectar de verdad con personas que importan— apareció como un posible factor protector, si bien los autores advierten que ese efecto es pequeño e incierto, y que hace falta estudiarlo más.
En pocas palabras dos personas con las mismas horas de pantalla pueden estar viviendo experiencias muy distintas por dentro. Y aunque este estudio se hizo con adultos jóvenes, no hay razón para pensar que el fenómeno no opere igual —o con más fuerza— en un cerebro adolescente todavía en formación.
Esto no es un dato aislado. Coincide con lo que otros investigadores venían observando: que el uso impulsivo de las redes se vincula con el deterioro de la atención, mientras que el uso con fines de conexión genuina parece afectar menos (Arness & Ollis, 2023). Y coincide, sobre todo, con una idea que la investigación sobre adolescencia lleva tiempo repitiendo: la pregunta "¿cuántas horas?" es, en buena medida, la pregunta equivocada. La pregunta más útil es "¿qué está haciendo, con quién, y para qué?".
Lo que la ciencia todavía no puede decirnos
Sería deshonesto cerrar aquí, como si el asunto estuviera resuelto. No lo está. Y decirlo con claridad es parte de tomarse en serio al lector.
Primero, la causalidad sigue abierta. La mayoría de estos estudios, incluido el de Valverde Rodríguez, tienen diseños que no permiten afirmar con seguridad qué causa qué. Muestran relaciones consistentes, sí, pero no la prueba definitiva de que las redes, por sí solas, deterioren la atención.
Segundo, casi ningún estudio distingue entre plataformas concretas. Y esto importa mucho. No es lo mismo, en principio, una red construida sobre video corto y scroll acelerado —como TikTok, Reels o Shorts— que otra basada en contenidos más largos. Los propios autores de la revisión de Granada señalan esta laguna: analizar cada red por separado es una de las tareas pendientes más urgentes del campo.
Tercero, no sabemos qué pasa después. Casi ninguna investigación sigue a estos adolescentes hasta la edad adulta. ¿El cerebro se adapta? ¿Se recupera? ¿Arrastra las consecuencias? Es un territorio casi inexplorado.
Y cuarto, hay una pregunta abierta fascinante en el hallazgo de Valverde Rodríguez: si conectar afectivamente con otros a través de las redes protege un poco la atención, ¿por qué? ¿Qué tiene la conexión real que la diferencia del entretenimiento vacío? Aún no lo sabemos. Pero es una pista que merece seguirse.
Qué hacer con todo esto
La incertidumbre científica no nos deja con las manos vacías. Al contrario: lo que ya sabemos basta para cambiar, de forma concreta, cómo acompañamos a los niños y adolescentes en casa y en el aula.
La primera consecuencia es un cambio de mirada. Dejar de vigilar solo el reloj y empezar a mirar el tipo de uso. No es lo mismo que un adolescente pase una hora escribiéndose con un amigo que una hora perdido en un scroll infinito de videos de quince segundos. La conversación con nuestros hijos puede cambiar de "llevas demasiado tiempo en el teléfono" a "¿qué estás haciendo ahí, con quién hablas, cómo te deja?". Es una pregunta más difícil, pero mucho más útil.
La segunda es proteger, especialmente, del consumo de entretenimiento fragmentado. Si hay una forma de uso que la evidencia señala como la más asociada al deterioro de la atención, es esa: el video corto encadenado, el scroll que no termina. No se trata de prohibir, sino de poner límites más finos, dirigidos a ese tipo concreto de uso, en lugar de un límite genérico de horas.
La tercera, en la escuela, es doble. Por un lado, proteger las tareas que exigen concentración sostenida de la multitarea: el estudio de Girona muestra que hacer los deberes mientras se salta entre pantallas se asocia con peores notas. Por otro, algo más profundo: nombrar el mecanismo. Un adolescente que entiende que el scroll de entretenimiento está entrenando su cerebro a no detenerse tiene una defensa que uno que no lo sabe no tiene.
Y la cuarta, quizá la más esperanzadora, viene del dato del uso afectivo. Si conectar de verdad con otros protege, entonces cultivar la conexión real —dentro y fuera de las redes— no es solo una cuestión emocional. Es también una forma de cuidar la atención. La conversación honda, el vínculo genuino, el interés real por el otro, no son adornos: son, quizá, parte de la defensa.
La ciencia todavía no lo sabe todo sobre las redes y la atención. Está en construcción, y honestamente lo estará durante años. Pero lo que ya sabe es suficiente para dejar de contar solo las horas, y empezar a preguntarnos algo mejor: no cuánto, sino para qué.
Para más información te invitamos a escuchar en el Podcast +Allá de la Escuela el programa El cerebro que ya no aguanta un minuto | Redes sociales y capacidad de atención. Aquí
Referencias
Alaskar-Moukayed, S., Conde-Ruiz, E., Berenguel-López, L., Moreno-Manzanares, P., & Muñoz-Thomas, P. (2025). Efectos del consumo diario de redes sociales en las funciones cognitivas de los adolescentes y preadolescentes: Una revisión sistemática. Archivos de Medicina Universitaria, 7(1), 72–79. https://digibug.ugr.es/bitstream/handle/10481/105376/RS2_RRSS_A4.pdf?sequence=1&isAllowed=y
Arness, D. C., & Ollis, T. (2023). A mixed-methods study of problematic social media use, attention dysregulation, and social media use motives. Current Psychology, 42(28), 24379–24398. https://doi.org/10.1007/s12144-022-03680-0
Martín-Perpiñá, M. de las M., Viñas Poch, F., & Malo Cerrato, S. (2019). Media multitasking impact in homework, executive function and academic performance in Spanish adolescents. Psicothema, 31(1), 81–87. https://doi.org/10.7334/psicothema2018.178
Valverde Rodríguez, [iniciales], et al. (2026). [Uso de redes sociales y dificultades de atención]. PsicoInnova, 10(1), 18–37. https://doi.org/10.54376/9xggzc31
