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Ética y convivencia. Una primera aproximación

Actualizado: 5 may 2023

La virtud es un hábito que se logra deliberadamente, a través de las acciones habituales. “Una golondrina no hace verano” dice Aristóteles, porque una acción buena no basta para que una persona sea buena, por lo que se requiere toda una experiencia de vida. Pero los hábitos por sí solos no hacen virtuosos al hombre (recordemos que los vicios también son hábitos, pero malos hábitos), se requiere el ejercicio de la razón en las acciones. El hombre necesita discernir, pensar, deliberar sobre lo que debe hacer o no, para tomar las mejores decisiones posibles y así evitar las acciones extremas.

(Polo, S., Miguel A. 2016)


Un primer avance

De fundamental importancia para orientar el tema es la definición de ética. Y con ello nos adentramos en algunas cuestiones básicas de su teoría desde diversas corrientes filosóficas, a lo largo de la historia, donde subyacen variedad de puntos de vista, con distinciones conceptuales, que invitan a reflexionar a partir de bases sólidas éste complejo mundo.

Es propio entonces iniciar por su significado etimológico, para Aranguren 1965 (Aranguren 1965: 21-22) el Ēthos, con eta, cuyo sentido antiguo es morada, lugar donde se habita. Se usaba para referirse al lugar donde viven los animales. Luego se usó para mencionar a los hombres, como modo de ser o forma de vida. Se puede traducir como modo de ser o estar, forma de vivir o habitar un territorio, de crearlo, de recrearlo, modo de relacionarnos con el universo y con los demás hombres.

Por su parte, Zubiri en 1948 señalo êthos a un vocablo griego más amplio indicando que “Lo ético comprende, ante todo, las disposiciones del hombre en la vida, su carácter, sus costumbres y, naturalmente, también lo moral. En realidad, se podría traducir por “modo o forma” de vida, en el sentido hondo de la palabra (Zubiri 1948: 223).

Aristóteles derivó la virtud ética del éthos, de la costumbre o hábito (el significado del êthos como morada ya no es usado en Aristóteles) queriendo señalar que el “modo de ser” se logra mediante el hábito, siendo necesario que ejercitemos nuestras actividades de una manera determinada, porque las diferencias de conducta dan lugar a hábitos distintos. En este sentido de acuerdo con Aristóteles se centra la atención en las acciones ya que son ellas las que posibilitan hábito alguno, así como las cualidades del agente.

Ahora bien, Aristóteles, al distinguir el saber teórico del saber práctico, coloca a la ética como un saber práctico. Dice que no estudiamos ética “[…] para saber qué es la virtud (justicia, prudencia, fortaleza, honestidad, entre otras) sino para aprender a hacernos virtuosos y buenos; de otra manera, sería un estudio completamente inútil”.

Para tener un buen carácter, (se compone de los hábitos que las personas adquieren para obrar bien o mal), los éticos griegos desde Heráclito a Aristóteles entendieron, que la tarea más importante en la vida consistía en aumentar las probabilidades de ser feliz, porque se disfruta de las buenas acciones que son valiosas por sí mismas y porque se sabe aprovechar mejor los dones de la fortuna y la providencia, siendo como decía Séneca un “artesano de su propia vida”.

Las éticas teleológicas sostienen que la vida humana tiende a un bien, que es la felicidad. De acuerdo con Aristóteles, la felicidad, concierne al hecho de que solo vivimos plenamente como humanos cuando nuestra alma racional alcanza su excelencia o solo somos felices cuando hay desarrollo de nuestra racionalidad práctica. No basta haber nacido dentro de la especie humana ni vivir como humanos, debemos hacer que nuestra existencia alcance su perfección o excelencia (areté). La felicidad es, pues, una actividad virtuosa del alma racional.

Y esa virtud no es algo con lo cual se nace, no es innata. Esta se logra viviendo virtuosamente, es decir, no es una meta por alcanzar en el futuro, sino que se realiza en la actividad racional misma, en el vivir orientándose por la razón prudencial, lo que a su vez va generando virtudes éticas en la persona que la práctica.



En tanto que, la ética deontológica, por su parte, tiene como punto de partida la prioridad de lo correcto (del deber o de lo justo) sobre el bien o la felicidad. El criterio central con el que podemos valorar moralmente una vida humana y sus acciones es el deber.

De acuerdo con los aportes de Adela Cortina, se pueden señalar cuatro claves de articulación entre las éticas teleológicas y las éticas deontológicas, que ella denomina ética de máximos y ética de mínimos, respectivamente: “No absorción por parte de uno de ellos”. Quiere decir que hoy la vida moral de las personas y de los pueblos no puede ser interpretada como una realidad homogénea, sino con dos dimensiones interrelacionadas. Una donde las personas y los pueblos afirman sus propias creencias, normas y valores que les da una identidad; otra que, reconociendo el valor de la diferencia, traza un marco normativo universal para garantizar la convivencia con las personas diferentes. (p102) “Los mínimos se alimentan de los máximos”. Significa que por más que existan normas universales —como los derechos humanos— se requiere de la educación moral, el cultivo de las virtudes, las aspiraciones a la vida buena, los ideales de realización personal, que “alimenten” las normas universales. “Los máximos deben purificarse desde los mínimos”. Quiere decir que tampoco vale cualquier proyecto de vida buena, felicidad o bienestar, si atenta contra los derechos básicos de las personas. Por ejemplo, ganar dinero puede ser una meta de vida de los negociantes, pero si lo hacen a costa de la salud y la vida de las personas o consumidores, entonces esa meta no se justifica moralmente “Evitar la separación de máximos y mínimos”. Incluirlos en nuestras reflexiones éticas, para no confundir dimensiones, así como para poder hacer propuestas más sensatas. No basta considerar solo la felicidad o solo el deber, la tarea es articularlos creativamente en las situaciones y problemas en que nos encontremos, sin renunciar ni olvidar una de ellas. (p104)

En este contexto, la existencia aparece como una tarea a realizar no definida, estamos situados en un cuerpo específico que nos delimita, un tiempo, espacio y lugar. Tenemos una perspectiva inicial de nuestra forma de vida, por las herencias culturales, históricas, lingüísticas y sociales, pero al mismo tiempo, aunque condicionada por lo que ya "somos", apela a nuestra propia responsabilidad.

La autoconciencia de sí y la elección de sí mismo en ella, como condiciones fundamentales de la vida ética no se realizan en una situación de aislamiento de otros seres humanos, sino precisamente por la interpelación y/o interlocución con otros seres humanos concretos, lo cual no quiere decir que mi autoconciencia se determine por otro o que mi elección sea realizada por otro, por el contrario significa que una y otra no se activan sin la relación de cada individuo, en su singularidad en el diálogo con otros.

Entonces, ¿qué debo elegir, con qué modo de vida debo vincularme? Al actuar tomamos conciencia de que la acción que llevemos a cabo, pone en juego el tipo de persona en que podemos convertirnos y no solo ello, también somos responsables de esta determinación. En consecuencia, una vida virtuosa, “una vida buena” examinada de manera crítica no se deja llevar por los caprichos del momento de sus deseos o de las circunstancias, sino a través de una reflexión intencional ideológica, se une en diálogo con la realidad y con otros de modo humilde y recíproco con el único fin de determinar un sentido a la existencia.

Temas a resolver

  • ¿Qué tan importante es la ética en nuestra conducta con aquellos que nos rodean? ¿Es posible vivir juntos y cuáles son las características principales que nos ayudan a saber estar junto al otro?

  • En el próximo artículo “Ética y Convivencia, para vivir juntos” analizaremos estos y otros aspectos.

  • Aranguren, José Luis (1965). Ética. Madrid: Revista de Occidente.

  • Cortina, Adela. (1998) Hasta un pueblo de demonios. Ética pública y sociedad. Madrid: Tecnos.

  • Polo, S., Miguel A. (2016) Ética. Definiciones y teorías. Perú: Fondo editorial de la Universidad de Lima

  • Zubiri, Xavier (1948). Naturaleza, Historia, Dios. Buenos Aires: Poblet.

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