La otra cara de los deepfakes: violencia digital contra las mujeres
- Diana Carolina CƔrdenas
- 31 dic 2025
- 4 min de lectura

Entre 2022 y 2023, la cantidad de pornografĆa deepfake creada aumentó un 464%. Mientras que en 2022 se registraban alrededor de 3.725 videos de este tipo en internet, en 2023 la cifra escaló a 21.019. Este crecimiento no solo evidencia la rĆ”pida expansión de esta prĆ”ctica, sino tambiĆ©n su profundo sesgo de gĆ©nero: el 99% de los contenidos de pornografĆa deepfake presentan a mujeres como sujeto principal, frente a un escaso 1% que involucra a hombres (Home Security Heroes, 2023, citado en Becerra, Ortiz & Vergara, 2025, p. 41).
El uso indebido de los deepfakes plantea dilemas Ć©ticos de gran envergadura, especialmente en lo que respecta al consentimiento y la explotación de la imagen de las personas involucradas, en particular cuando se utilizan para crear contenido pornogrĆ”fico. Estas tecnologĆas no solo transgreden los lĆmites de la privacidad, sino que tambiĆ©n se han convertido en instrumentos de extorsión, acoso y otras formas de violencia digital de gĆ©nero, profundizando las desigualdades y exponiendo a las vĆctimas a mĆŗltiples formas de revictimización.
Este fenómeno no es nuevo. Sus orĆgenes se remontan al aƱo 2017, cuando en la red social Reddit un usuario, bajo el seudónimo deepfakes, comenzó a difundir imĆ”genes y videos manipulados digitalmente en los que aparecĆan actrices y cantantes famosas en escenas sexuales o eróticas. A partir de ese momento, esta prĆ”ctica se expandió vertiginosamente, generando un campo fĆ©rtil para la vulneración de derechos en un entorno legal aĆŗn rezagado frente al avance de las tecnologĆas.
En la actualidad, existen numerosas aplicaciones que permiten crear contenidos deepfake con facilidad y sin requerir conocimientos tĆ©cnicos especializados. SegĆŗn Cuzcano y Gonzales (2025), estas herramientas han sido diseƱadas con interfaces amigables y procesos automĆ”ticos que permiten generar resultados convincentes en cuestión de minutos. Los investigadores identificaron que mĆ”s de la mitad de las aplicaciones analizadas fueron calificadas como "fĆ”ciles de usar", dado que cumplĆan con tres criterios esenciales: navegación intuitiva, facilidad para cargar imĆ”genes o videos, y simplicidad en el proceso de generación de deepfakes.
A este panorama se suma el hecho de que muchas de estas aplicaciones ofrecen funciones bĆ”sicas de forma gratuita. Aunque algunas herramientas mĆ”s avanzadas requieren pagos, los usuarios pueden evadir estas limitaciones fĆ”cilmente mediante capturas de pantalla, grabaciones o la creación de mĆŗltiples cuentas. Incluso el contenido creado sin pagar puede ser altamente nocivo, al ser suficiente para vulnerar la privacidad de una persona y convertirla en vĆctima de violencia digital.
Las funcionalidades que ofrecen estas plataformas incluyen herramientas como el intercambio de rostros, el reconocimiento de expresiones faciales, la sincronización de labios o la conversión de texto en video. Estas funciones permiten colocar el rostro de cualquier persona āfamosa o anónimaā en un video sin su autorización. AdemĆ”s, Cuzcano y Gonzales (2025) identificaron opciones que permiten generar videos animados a partir de fotografĆas estĆ”ticas, crear clips con personas digitales que cantan o bailan, e incluso simular interacciones humanas Ćntimas, como abrazos, besos o escenas sexuales entre figuras generadas artificialmente.
Lo mĆ”s preocupante de acuerdo con los autores es que todo esto se presenta bajo un lenguaje amigable, vinculado a la creatividad, la diversión y el entretenimiento. Las frases promocionales como āhaz que tu cara baileāĀ o ācrea videos irresistiblesāĀ trivializan los riesgos y contribuyen a invisibilizar el daƱo que pueden generar estas prĆ”cticas. Esta narrativa despolitizada oculta que muchas de estas representaciones reproducen una fuerte cosificación del cuerpo femenino: se ofrecen figuras de mujeres con lencerĆa, escotes o disfraces sexualizados como opciones predeterminadas. Como plantea Judith Butler (1993, citada en Cuzcano y Gonzales, 2025), los cuerpos no existen como entidades naturales previas al discurso social, sino que se constituyen a travĆ©s de actos performativos. En ese sentido, estas aplicaciones no solo reproducen cuerpos; los fabrican y los inscriben en lógicas sexistas que refuerzan roles y expectativas de gĆ©nero.
Pese a todo, las plataformas suelen eludir su responsabilidad Ć©tica, desplazando la carga completamente hacia los usuarios. Aunque incluyen clĆ”usulas legales sobre el uso del contenido, estas advertencias se encuentran en textos complejos, a menudo redactados en inglĆ©s y de difĆcil comprensión. Esta falta de transparencia constituye, en tĆ©rminos de Miranda Fricker (2007, citado en Cuzcano y Gonzales, 2025), una forma de injusticia hermenĆ©utica: las vĆctimas no solo se enfrentan a un daƱo, sino tambiĆ©n a la imposibilidad de nombrarlo, comprenderlo o comunicarlo en un marco conceptual claro. Esto agrava su aislamiento, impide la reparación y refuerza su vulnerabilidad.
Desde la Ć©tica dialógica, Adela Cortina (2006, citado en Cuzcano y Gonzales, 2025) sostiene que una tecnologĆa que afecta negativamente a un grupo sin contar con su participación ni posibilidad real de rechazar su funcionamiento es Ć©ticamente ilegĆtima. Si las mujeres representadas en estos contenidos no pueden otorgar un consentimiento racional, informado y libre, entonces el uso de su imagen es moralmente insostenible. Incluso si existiera un consentimiento formal, este no puede considerarse vĆ”lido si vulnera principios universales como el respeto a la dignidad humana. Aplicaciones que humillan, cosifican o exponen a las personas sin advertencias reales āaunque se amparen en tĆ©rminos de uso legalesā infringen este principio fundamental y refuerzan formas estructurales de violencia digital.
En definitiva, los deepfakes no son solo una innovación tecnológica; son una manifestación del poder que ciertos grupos ejercen sobre los cuerpos, las imĆ”genes y las voces de otros. Cuando una tecnologĆa permite manipular la identidad de una persona sin su consentimiento, cuando simula su cuerpo y su sexualidad para el entretenimiento de otros, deja de ser una herramienta neutral y se convierte en un vehĆculo de dominación simbólica. Frente a ello, urge repensar el papel de la Ć©tica, la regulación y la alfabetización digital crĆtica. La tecnologĆa no puede avanzar a costa del consentimiento ni de la dignidad.
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REFERENCIAS
Cuzcano-Chavez, X., & GonzÔlez-Véliz, C. (2025). AnÔlisis del abuso de aplicaciones deepfake y su impacto en la violencia digital de género en América Latina y el Caribe. Veritas, (61), 32-67.
Rangel, J. M. B., Quintero, E. A. O., & Llanos, J. C. V. (2025). Inteligencia artificial y creación de pornografĆa deepfake no consensuada: derechos humanos y perspectiva Ć©tico jurĆdico.Ā Revista CES Derecho,Ā 16(2), 38-60.
