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El docente como curador: filtrar, seleccionar y acompañar en la eraAlgorítmica

¿Cómo educar ante la sobreinformación? Descubre el rol del docente como curador y las claves de la Alfabetización Mediática en la era algorítmica


Frente a la cantidad abismal de información actual, este texto examina estrategias de alfabetización mediática e informacional diseñadas para fortalecer el pensamiento crítico en el aula, posicionando al docente como el curador de este proceso. El análisis se enfoca prioritariamente en la alfabetización visual: un campo tradicionalmente relegado en la investigación académica, pero que actualmente exige una atención inmediata debido a la proliferación de contenidos visuales, especialmente en las redes sociales. A través de esta mediación pedagógica, estas estrategias buscan proveer al estudiante de herramientas analíticas y técnicas precisas que le otorguen criterios para filtrar, seleccionar y comprender el flujo informativo en un entorno digital dominado por algoritmos.


Desde este enfoque, la curaduría como alfabetización mediática no solo inspira una actitud crítica en la relación que el individuo establece con la información (Erstad et al., 2007), sino que promueve una indagación profunda sobre las estructuras hegemónicas dentro de la democracia participativa. De este modo, se desarrollan en el alumnado habilidades indispensables para combatir la pasividad, el pensamiento grupal y la espiral del silencio frente a la saturación de los discursos mediáticos (Kellner y Share, 2007, citados en Cohen & Mihailidis, 2026).


Este cambio de rol del estudiante se alinea directamente con el marco conceptual fundacional de Aufderheide (1993) el cual señala que un individuo alfabetizado debe poseer la capacidad de decodificar, evaluar, analizar y producir medios. En sintonía con ello, Potter (2004) enfatiza los procesos cognitivos involucrados en esta tarea, incluyendo las habilidades para filtrar información, interpretar mensajes y construir significado, lo que posiciona a la alfabetización mediática como una herramienta protectora y empoderadora que incide en nuestras actitudes y comportamientos frente al entorno social.


No obstante, al trasladar este marco a la dimensión visual, el panorama se vuelve más complejo. Aljalabneh (2024) señala que la alfabetización visual consiste en integrar los estímulos visuales con otros factores sensoriales para potenciar la comunicación y el entendimiento, mientras que Wileman (citado en Aljalabneh, 2024) define esta competencia como la capacidad de leer, interpretar y comprender la información en formatos gráficos o pictóricos, otorgando un peso crítico al proceso interpretativo y a la decodificación de significados implícitos en la imagen. Esta necesidad de deconstrucción responde a que la producción visual no es azarosa, sino que obedece al concepto de "gramática visual" propuesto por Kress y van Leeuwen, el cual sostiene que los mensajes visuales siguen reglas sintácticas específicas análogas a las del texto escrito y que, por ende, pueden ser analizadas de forma sistemática.


La importancia de aplicar este análisis crítico se evidencia en el Efecto de Superioridad de la Imagen, un fenómeno cognitivo que demuestra que el impacto de la imagen supera al del texto en términos de retención mnemónica y respuesta emocional. Si bien los formatos visuales maximizan el enganche de la audiencia (Li y Xie, 2020), actúan simultáneamente como vectores críticos para la difusión de desinformación, implantando distorsiones cognitivas duraderas que prevalecen a pesar de las verificaciones. Como demuestra Nyhan (2021), aunque la información rectificatoria depura la veracidad de las creencias en un primer momento, su impacto decae con el tiempo o se ve saboteado por el respaldo de fuentes con autoridad, lo que convierte la corrección de datos en plataformas visuales en un desafío complejo donde la carga emocional y la velocidad de viralización socavan la credibilidad de la información y de los actores públicos.


Para mitigar esta vulnerabilidad, una investigación realizada por Aljalabneh (2024) en el contexto universitario de Jordania exploró cómo docentes y psicólogos orientan a los estudiantes en la selección y análisis de la información visual a través de metodologías integradas.


El paso fundacional de esta estrategia consiste en examinar la fuente emisora, lo que implica auditar sus afiliaciones ideológicas y profesionales para descifrar el trasfondo de los mensajes visuales, comprendiendo que la postura de las organizaciones de medios explica los criterios de selección de unas imágenes sobre otras. Si bien en la era algorítmica este rastreo se complejiza debido a la opacidad de los hilos de distribución y la fragmentación de los contenidos, la mediación docente es capaz de replantear esta acción. En lugar de analizar solo el video individual, el docente curador enseña al estudiante a analizar su propia pantalla: ¿Por qué el algoritmo me está mostrando esto a mí? ¿Qué interacciones previas mías alimentaron esta recomendación? Esto desplaza la pregunta de ¿quién lo creó? a ¿por qué me llegó?


En la misma línea, la contrastación de datos con fuentes validadas e institucionales resulta crítica, pues la triangulación de información a través de diversos canales de alta credibilidad asegura un diagnóstico de verificación más robusto. Esta evaluación sistemática de sesgos conceptuales requiere deconstruir el simbolismo y la iconografía presentes en el entorno visual para desentrañar las narrativas implícitas diseñadas para influenciar a la audiencia.


No obstante, en la era algorítmica, argumentar a favor de la credibilidad exige romper la comodidad del feed. El docente curador debe problematizar que el algoritmo elimina la fricción cognitiva para mantenernos conformes. Por ende, una justificación válida en la era actual requiere obligatoriamente que el estudiante demuestre que fue capaz de buscar y analizar el encuadre visual de la contraparte, forzando al sistema a registrar interacciones fuera de su zona de confort digital.


Comprender cómo los estímulos visuales apelan a la emotividad actúa como catalizador definitivo del pensamiento crítico, exigiendo la identificación de tácticas psicológicas basadas en el miedo y el sensacionalismo. El estudio analiza el caso de un anuncio de caridad en YouTube con imágenes angustiantes de niños desnutridos; aunque la causa era legítima, el uso de recursos emocionales abrió un debate ético sobre si la pieza explotaba el sufrimiento con fines persuasivos, obligando al alumnado a dar un paso atrás y racionalizar sus propias reacciones afectivas.


Esta misma manipulación psicológica quedó en evidencia durante la reciente crisis sanitaria del COVID 19, donde proliferaron contenidos diseñados para inducir estados de ansiedad mediante imágenes alarmistas. Al implementar talleres prácticos donde los estudiantes analizan estos videos virales de salud pública, se les educa para evaluar de forma introspectiva el sesgo de sus respuestas afectivas primarias, demostrando que la racionalización de los estímulos es clave para enfrentar la sobreinformación. 


En este escenario, el docente debe evidenciar que las plataformas digitales no actúan como canales neutrales. La postura editorial ya no pertenece exclusivamente al medio de comunicación tradicional; ahora está subordinada a los criterios de monetización de la plataforma, los cuales premian el conflicto y el sensacionalismo visual simplemente porque retienen al usuario por más tiempo. Bajo esta lógica, la música dramática y las imágenes impactantes ya no responden únicamente a una intención de manipulación política o ideológica convencional, sino a una estricta optimización métrica. 


Finalmente, el impacto de estas metodologías se comprende a fondo a través de la teoría del encuadre de Entman (1993), la cual advierte que los mecanismos de inclusión y omisión informativa ejercen una influencia crítica en los esquemas cognitivos del público y configuran el imaginario colectivo (Ahmad, 2022; Schnell et al., 2021). Al trasladar este marco al entorno digital, la evidencia confirma que el lenguaje visual replica dichas propiedades de control conceptual, donde la composición de la imagen, la jerarquización de sus componentes y la carga simbólica actúan como vectores ideológicos que restringen la autonomía analítica del receptor y marginan narrativas alternativas, convirtiendo a la alfabetización visual en una necesidad democrática y pedagógica impostergable.


Sin embargo, en las redes sociales actuales, el simbolismo ya no es masivo ni estandarizado; está hipersegmentado. El algoritmo no muestra el mismo anuncio a todas las personas. Utiliza datos predictivos para realizar una curaduría automatizada de estéticas que se alinean milimétricamente con las inseguridades, aspiraciones e historial de navegación de cada usuario. El docente curador no solo debe enseñar a deconstruir el símbolo estático dentro de la imagen, sino a cuestionar la arquitectura de la sospecha: ¿Por qué este símbolo estético específico me persigue a mí en mi feed? El peligro actual no es solo el sesgo de la imagen, sino la sincronización algorítmica entre el símbolo visual y la vulnerabilidad psicológica del estudiante.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

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