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El agresor tampoco eligió libremente: por qué castigar el ciberacoso adolescente no basta

Complemento al Episodio 6 de +AllÔ de la Escuela · Fundación Convivencia


Ciberacoso: por quƩ castigar al agresor no basta
El acoso ya no espera en el patio: viaja en el teléfono y entra a casa sin dejar rastro. DetrÔs de cada agresión, sin embargo, suele haber mÔs de una historia.

Hay una escena que se repite en los colegios. Un estudiante difunde un meme que humilla a otro, aparece la captura, y la institución hace lo que se espera: sanciona. Caso cerrado. El problema es que la investigación reciente sugiere que, en muchos de esos casos, acabamos de cerrar el expediente equivocado.


Este texto no resume el episodio 6. Toma una sola de sus piezas —la que menos desarrollamos al aire— y la lleva hasta sus consecuencias prĆ”cticas: quĆ© significa, para un docente y para un padre, que la agresión digital sea con frecuencia el Ćŗltimo eslabón de una cadena que empezó mucho antes.


Una cadena, no un acto


Solemos pensar el ciberacoso como una decisión: alguien quiso hacer daño y lo hizo. Un estudio longitudinal de Yang, Peng, Tao y Zhang (2026) complica esa imagen de una manera que vale la pena entender bien, porque cambia lo que un adulto debería hacer.


Siguiendo a 622 adolescentes durante seis meses, encontraron que el bajo autocontrol no predecía directamente la agresión digital. La predecía de forma indirecta: el bajo autocontrol aumentaba la probabilidad de ser victimizado, y era esa victimización reciente la que disparaba después el ciberacoso (Yang et al., 2026). El efecto del autocontrol sobre la agresión estaba, en sus palabras, totalmente mediado por la experiencia de ser víctima.


DetengĆ”monos en lo que esto implica. La secuencia tĆ­pica no es "adolescente impulsivo → agrede". Es mĆ”s parecida a "adolescente con menos herramientas de autorregulación → queda mĆ”s expuesto a que lo lastimen → descarga despuĆ©s ese daƱo en otro, en un canal donde nadie lo ve". El que aparece en la captura es el final de la historia, no el principio.


Y hay un dato que deberĆ­a incomodarnos: perpetrar ciberacoso predijo, a su vez, una caĆ­da posterior del autocontrol (Yang et al., 2026). Los autores lo explican por disonancia cognitiva —agredir contra las propias normas consume recursos de autorregulación. Si esto es asĆ­, la sanción que no ofrece nada mĆ”s que castigo puede estar interviniendo sobre un chico cuyo autocontrol ya venĆ­a en descenso, y empujarlo un poco mĆ”s.


Por qué el hogar aparece en la ecuación del ciberacoso adolescente


Queda una pregunta: Āæpor quĆ© un adolescente llega con menos autorregulación que otro? AquĆ­ entra el segundo estudio. Wu, Shao, Hu y Zhao (2026), con 1.409 estudiantes, mostraron mediante anĆ”lisis de redes que la crianza dura —hostilidad, castigo fĆ­sico, abuso verbal, desapego emocional— se conecta con las formas de ciberacoso, y lo hace principalmente a travĆ©s de la agresión verbal, con el anonimato como puente (Wu et al., 2026).


La ironĆ­a es difĆ­cil de ignorar. La crianza que castiga con dureza se asocia con hijos que despuĆ©s agreden con dureza, replicando en la pantalla el registro que aprendieron en casa: la palabra que hiere. Los autores son cuidadosos —su diseƱo es transversal y no permite afirmar causalidad (Wu et al., 2026)— pero el patrón coincide con dĆ©cadas de literatura sobre modelado de la conducta agresiva.


Para el docente, esto abre una posibilidad que la sanción sola nunca contempla: el estudiante que agrede con insultos puede estar mostrando, sin saberlo, cómo se le habla a él.


Lo que el castigo no ve, y la voz del propio agresor


Si todo fuera cadena y contexto, faltarĆ­a lo esencial: la experiencia. ĀæQuĆ© encuentra el adolescente en agredir? Un estudio cualitativo peruano —el primero de esta serie hecho en LatinoamĆ©rica— entrevistó a diez adolescentes que reconocieron ejercer ciberbullying. Su tĆ­tulo es una cita de la investigación que resume el problema entero: "Acosar me hace feliz" (Esteban-Rivera et al., 2026).


Las motivaciones que identificaron no son las de un monstruo: venganza, bĆŗsqueda de placer, afirmación de superioridad, deseo de control emocional sobre la vĆ­ctima (Esteban-Rivera et al., 2026). Son, todas, formas de conseguir algo que probablemente falta —poder, reconocimiento, desquite— por la Ćŗnica vĆ­a que el adolescente encontró disponible. Y casi nunca en solitario: las conductas se ejecutaban desde el anonimato y con la complicidad de los pares (Esteban-Rivera et al., 2026).


Aquí estÔ la clave prÔctica. Si agredir cumple una función para ese chico, quitarle la función mediante un castigo, sin ofrecerle otra manera de obtener lo que buscaba, deja intacto el motor. Por eso los autores concluyen que la prevención eficaz debe fortalecer lo socioemocional y moral de agresores y víctimas por igual (Esteban-Rivera et al., 2026). No como acto de indulgencia, sino porque es lo único que apaga el motor.


El dilema que la sanción esconde


Hay una tensión que ningún reglamento resuelve solo, y que conviene nombrar porque los adultos la viven en silencio: proteger a la víctima y no rematar al agresor pueden parecer objetivos opuestos. Si sanciono con firmeza, cuido a quien fue herido; si me detengo a entender al que hirió, parece que relativizo el daño. La mayoría de los colegios, ante esa disyuntiva, elige lo primero, y es comprensible.


Pero la evidencia sugiere que la disyuntiva es falsa. No porque una cosa no importe, sino porque la sanción y la comprensión operan en tiempos distintos. La consecuencia responde al acto que ya ocurrió: es inmediata, protege, marca el lĆ­mite. La comprensión responde al riesgo de que vuelva a ocurrir: es lenta, y es la Ćŗnica que desactiva lo que produjo la conducta. Confundirlas —creer que sancionar ya es prevenir— es lo que hace que el mismo estudiante reaparezca meses despuĆ©s, a veces agravado (Yang et al., 2026).


Lo que Yang et al. (2026) añaden a este dilema es un dato que lo vuelve casi urgente: dado que perpetrar ciberacoso predice una caída posterior del autocontrol, el adolescente que agrede hoy es, estadísticamente, alguien con menos recursos de autorregulación mañana. La ventana para intervenir no se abre después del castigo; se cierra con él si no se acompaña de otra cosa.


Una pregunta que cabe en cualquier protocolo


No hace falta rediseñar el sistema disciplinario de una institución para incorporar esto. Basta con insertar una pregunta antes de archivar un caso: ¿este estudiante ha sido, en algún otro escenario, víctima?


La pregunta parece pequeƱa y no lo es. La investigación cualitativa peruana muestra que las motivaciones del agresor —venganza, control, la bĆŗsqueda de un placer que probablemente no encuentra en otro sitio— son respuestas a algo (Esteban-Rivera et al., 2026). Y el estudio longitudinal muestra que ese "algo" es, con frecuencia, una victimización previa que nadie registró porque llegó por otra puerta (Yang et al., 2026). El adolescente mĆ”s difĆ­cil de ayudar es el que es vĆ­ctima y agresor a la vez: si solo se lo trata como culpable, su condición de vĆ­ctima queda invisible para siempre, precisamente porque su expediente dice "agresor".


Para las familias, la versión doméstica de esa pregunta es igual de incómoda y útil. Antes de endurecer el control sobre el teléfono, cabe preguntarse qué registro de trato estÔ aprendiendo el hijo en casa, dado que la crianza dura aparece asociada a la agresión digital sobre todo por la vía de la palabra (Wu et al., 2026). El tono con que se corrige enseña mÔs que la norma que se impone.



Una advertencia necesaria


Estas conclusiones vienen, en dos de los tres casos, de muestras chinas y, en el tercero, de diez casos peruanos. No son la Ćŗltima palabra ni describen con exactitud a cada aula latinoamericana. Son, eso sĆ­, tres miradas independientes —longitudinal, de redes y cualitativa— que apuntan al mismo sitio: detrĆ”s del que acosa suele haber una historia que el castigo no lee.


En el Episodio 6 de +AllÔ de la Escuela contamos el otro lado de esta misma escena: el de la víctima, su silencio y el doble riesgo que la evidencia documenta. Este blog se detuvo en el agresor; el episodio se detiene en quien lo sufre. Juntos completan el cuadro. Escúchalo y compÔrtelo con quien sabes que lo necesita.


Si este tema te toca de cerca, en Colombia puedes marcar gratis la LĆ­nea 141 del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, o la lĆ­nea nacional 01 8000 91 80 80.


Referencias


Esteban-Rivera, E. R., Claudio-Cortez, N. L., Polinar-Abad, Z. D., VÔsquez-VelÔsquez, N., Callupe-Becerra, S. F., Rojas-Cotrina, A. R., CÔmara-Acero, A. A., & López-Rengifo, C. F. (2026). "Acosar me hace feliz", el ciberbullying desde la óptica del acosador. New Trends in Qualitative Research, 22(1), e1305. https://doi.org/10.36367/ntqr.22.1.2026.e1305


Wu, J., Shao, Y., Hu, J., & Zhao, X. (2026). The relationship between harsh parenting and adolescent cyberbullying: A network analysis. BMC Psychology, 14, 572. https://doi.org/10.1186/s40359-026-04329-4


Yang, D., Peng, P., Tao, L., & Zhang, J. (2026). The relationship between adolescent bullying victimization, self-control and cyberbullying: A cross-lagged panel model. BMC Psychology, 14, 277. https://doi.org/10.1186/s40359-026-04062-y

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